OTRO BOSQUE QUE NO EXISTIRÁ
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| Aeropuerto Velasco Astete (140 ha) en medio del Cusco y próximo Aeropuerto en Chinchero (340 ha) ubicado a 20 kilómetros de la ciudad. Fuente: Google Earth |
Se va a construir un nuevo aeropuerto (en Chinchero). Velasco Astete, además, dejará de serlo. La vasta extensión que actualmente ocupa la principal estación de tráfico aéreo se convertirá en una nueva y tal vez elegante urbanización. La ciudad ampliará su área cubriendo las cerca de 140 hectáreas que hasta el presente ocupan ahí pistas, instalaciones y servicios técnicos. Cusco, en fin, continuará creciendo. Más también seguirá sufriendo los variados y cruentos males urbanos que la imprevisión –y la falta de sensibilidad social de quienes disponen a su interés y a su gusto personal el desarrollo de la ciudad- ha determinado en ella, cuya gravedad, por cierto, será tanto más aguda cuanto mayor sea su tamaño y su población. Dolencias que, no obstante, aún estamos a tiempo de conjurar, sobre las cuales hay claro y acertados diagnósticos y eficaces tratamiento de clínica urbanística. Nadie, sin embargo, pondrá el menor celo en impedir que en el futuro los remediables defectos de la ciudad que hoy se tornen en irreparables daños para el habitante cusqueño.
Si, el aeropuerto
es necesario. Esta necesidad es tangible, mensurable a primera vista. Pero no
menos necesarios son los parques, los jardines públicos, las zonas de verdor en
las cuales el poblador halle un respiro al ahogo urbano. Cuando se comenzó a
decir que Velasco Astete sería reemplazado, algunas gentes que piensan en el
progreso, no solo en términos crematísticos, no solo en la medida de
inversiones y dividendos numéricos, sino en relación con la salud y el
bienestar espiritual de la multitud de seres que no tendrán ni los medios de
escapar al abrumador encierro civil, supusieron que en aquellas 140 hectáreas que
quedarían libres, o por lo menos en parte de ellos, se podría crear un bosque
artificial, semejante al que en la mayoría de las ciudades modernas sustituye
la falta de verdor natural que abruma al hombre de la urbe.
Esta nota no
tiene como objeto, por su puesto, convencer a las autoridades de que esos
parques que reclamamos y ese bosque, que tal como están las cosas es un mito,
deben trazarse de inmediato. El artículo ha de tener inevitablemente el tono de
una elegía. Y de una elegía a algo que nunca existió.
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Son casi 60 años
los que nos separan de esta vieja crónica, sin embargo, pareciera que pocas cosas han cambiado en nuestra forma de planificar las ciudades. En todo caso, espero realmente equivocarme esta vez.

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